Hace dos días que publiqué mi “crónica” sobre el festival Brutal Assault, pero ahora os vengo con otra crónica más puesto que el viaje no terminó ahí.

A decir verdad, os voy a contar la parte más negativa de este viaje que he hecho al pais cuyo emblema es el león con doble cola. ¿Cuál? República Checa.

Tras unos días de desfase continuo en el Brutal, volvimos al eropuerto de Praga, donde la mayoría de la expedición española volvería a casa… pero @MajoAleera y yo somos más hardcore que nadie, así que decidimos quedarnos unos cuantos días en la capital del país.

Desde el primer momento nos quedó clara una cosa: Los checos no destacan por su simpatía. Al llegar a la estación de metro teníamos que sacar los billetes de unas máquinas que no aceptaban billetes con lo que fuimos en busca de una tienda para ver si nos daba cambio:

-Disculpe, podría darme cambio
-No, no somos un banco

Y la misma escena se repitió hasta cuatro veces. ¡¿QUÉ?! Pues eso, así de simpáticos son los Checos. De hecho cuando la chica que nos acompañaba se acercó a la ventana de información hablando inglés el hombre que estaba allí directamente nos la cerró… empezábamos bien.

Pero bueno, tras comprar un par de zumos y conseguir cambio sacamos los billetes, los picamos en las máquinas y nos montamos en el Metro rumbo a Náměstí Míru (Ahí, con las tildes raras y todo) donde cogimos un taxi que nos pagó la chica. 

Al fin en el hotel, dejamos las cosas, comimos lo que nos había sobrado del festival y salimos a darnos una vuelta por Vysehrad, un antiguo castillo que se encontraba cerca de donde estábamos. Ahí vimos lo más bello de toda Praga. Las murallas, ennegrecidas y llenas de telarañas cubrían un cementerio y una bella catedral, la de San Pedro y San Pablo, la cual también está ennegrecida por las lluvias y la polución. Esto último parece ser algo muy común en la ciudad, supongo que debe ser muy complicado limpiar los monumentos, aunque después de haber visto como están las fachadas de muchos edificios de viviendas tampoco me extrañaría que fuese por mera dejadez. 

Catedral de San Pedro y San Pablo

En el Vysehrad disfrutamos de la tranquilidad de nuestro primer atardecer en la capital Checa. Tras una vuelta por los jardines, bajamos a la orilla del río, donde caminamos hasta encontrarnos el “Edificio Bailarín”, ya de noche, iluminado de una forma un tanto artística. Para terminar la noche decidimos ir a cenar a una pizzería que encontramos y por último a una cervecería, U Medvidku, la cual tiene el record de la cerveza más fuerte del mundo (33º de alcohol). Se notaba el alcohol en sangre nada más llevar medio vaso… y eso que era un tercio.

El segundo día no lo empezamos tampoco con buen pie. Nos dirigíamos al castillo de Praga cuando de repente un revisor salvaje apareció (LOL). Nosotros, novatos, pensabamos que el billete de 24 horas teníamos que pasarlo por la máquina cada vez que nos montábamos en un tranvía… ¡¡Error!!. El revisor nos dijo que solo teníamos que pasarlo una vez, nos puso una multa a cada uno de 800 CZK (32€), pese a que le lloramos diciendole que no sabíamos nada, y se fue muy amablemente deseandonos un buen día. A lo que nosotros le respondimos con un “Hijo de puta”, tal cual.

Vimos ese día, con mala leche incluida, todo el castillo, el puente de San Carlos, la plaza de Mala Strana y una tienda de ropa heavy/gótica que en internet parecía muy interesante pero no lo era tanto en realidad. Para terminar el día visitamos de nuevo el Vysehrad, pero esta vez en un horario que nos permitiese entrar al cementerio.

Ossuary

Llegó el último día de visitas, puesto que al día siguiente deberíamos ir cargando con el equipaje por la ciudad si pretendíamos visitar algo. Para este día, dado que nos sobraba tiempo, decidimos ir a una ciudad a 130km de Praga: Kutna Hora. En ella se encuentra el conocido Ossuary, la catedral de los huesos para los amigos. De todo el viaje, este sitio es el que más me llamó la atención, es increíble como puede haber algo tan tétrico y bello a la vez. En la visita además se incluía una vuelta por el pueblo, la entrada a otra catedral que había en dicha ciudad y un almuerzo a las 12 de la mañana en el que podríamos catar la comida típica de la zona.

Para medio día nos encontrábamos en la plaza de Mala Strana, en el centro de la ciudad, así que nos dispusimos a visitar las sinagogas… hasta que vimos que nos pedían demasiado dinero por entrar a verlas. A partir de ahí lo que hicimos fue deambular por las calles buscando tiendas para comprar ropa y esas cosas. Paramos en un Starbucks a merendar y luego fuimos a un bar de absenta, donde nos desilusionamos al ver que la absenta “de verdad” está más mala aun que la que te ponen en los bares como chupito… es decir, la de los bares está bebible, la que tomamos ahí era como… como… el infierno.

Ya el último día tuvo poco que contar. Salimos del hotel a las 12, rozando el límite, cogimos un taxi, fuimos al aeropuerto y para España.

En resumen: Praga no es una ciudad fea, a pesar de que está muy descuidada y con muchísimas arañas (solo en la barandilla del río habría como unas 100 o 200 arañas bien grandecitas en un tramo de unos 2 km). Lo peor de esta ciudad es su gente, nada simpática y mejor que sepas moverte bien con un mapa porque como no sea así la llevas clara. Personalmente no recomiendo esta visita a nadie, pero bueno, cada cual a su parecer… yo por lo menos no volveré allí por placer, no sé si por negocios, pero espero que tampoco.