Ayer, a eso de las 4 de la mañana, estaba leyendo en mi iPod el libro de George R. Martin “Choque de reyes”. Es cierto que todo el libro en general es muy bueno pero ayer me encontré con un capítulo con el que no podía parar de reir. Es por eso que me he decidido a publicarlo en el blog para aquellos que tengan ganas de recordarlo o simplemente tenga ganas de pasar un buen rato leyendo. El texto no contiene ningún spoiler grave aunque ya dejo a vuestra elección si queréis o no leerlo.

THEON

Era de una belleza innegable. «Pero la primera siempre es una belleza», pensó Theon Greyjoy.
—Hermoso espectáculo, ¿eh? —dijo una voz femenina detrás de él—. Al joven señor le gusta, ¿verdad?
Theon se volvió y le dirigió una mirada valorativa. Le agradó lo que vio. Hija del hierro, eso se notaba a primera vista; esbelta, de piernas largas, el pelo negro y corto, la piel curtida por el viento, manos fuertes y seguras, y una daga al cinto. Tenía la nariz demasiado grande y afilada para su rostro delgado, pero lo compensaba con una sonrisa preciosa. Calculó que tendría unos pocos años más que él, pero no pasaría de los veinticinco. Se movía como si estuviera acostumbrada a tener la cubierta de un barco bajo los pies.
—Sí, es una belleza —dijo—. Pero no tanto como tú.
—Vaya, vaya. —La joven sonrió—. Más me vale tener cuidado. El joven señor tiene la lengua de miel.
—Pruébala y lo sabrás.
—¿Así nos ponemos? —replicó, mirándolo directamente a los ojos. En las Islas del Hierro había mujeres (no muchas, pero sí algunas) que tripulaban los barcoluengos junto con los hombres, y se decía que la sal y el mar las cambiaban, les daban los apetitos de un varón—. ¿Ha estado mucho tiempo en el mar el joven señor? ¿O es que en el lugar de donde vienes no había mujeres?
—Mujeres sí que había, pero ninguna como tú.
—¿Y qué sabrás tú cómo soy yo?
—Tengo ojos para verte la cara. Tengo orejas para oír tu risa. Y la polla se me ha puesto dura como un mástil.
La mujer se le acercó y le plantó la mano en la delantera de los calzones.
—Pues es verdad, no mentías —dijo, apretando a través de la tela—. ¿Duele mucho?
—Un horror.
—Pobre señor. —Lo soltó y dio un paso atrás—. Da la casualidad de que soy una mujer casada y estoy preñada.
—Los dioses son bondadosos —dijo Theon—. Así no hay riesgo de que te haga un bastardo.
—Pese a todo, mi hombre no te estaría agradecido.
—No, pero a lo mejor tú sí.
—¿Y por qué? Ya me he acostado con señores. Y son iguales que el resto de los hombres.
—¿Te has acostado alguna vez con un príncipe? —preguntó él—. Cuando estés gris y arrugada, y las tetas te cuelguen sobre la barriga, podrás contar a los hijos de tus hijos que una vez amaste a un rey.
—Ah, ¿entonces estamos hablando de amor? Y yo que pensaba que se trataba de pollas y de coños.
—¿Es amor lo que quieres? —Acababa de decidir que le gustaba aquella mujer, fuera quien fuera. Su ingenio rápido era todo un alivio para la húmeda y triste Pyke—. ¿Quieres que ponga tu nombre a mi barcoluengo, que toque el arpa para ti, que te encierre en una torre de mi castillo vestida únicamente con joyas, como la princesa de una canción?
—Deberías poner mi nombre a tu barco —señaló ella, haciendo caso omiso del resto—. Yo fui quien lo construyó.
—Lo construyó Sigrin, el jefe de astilleros de mi padre.
—Soy Esgred. Hija de Ambrode y esposa de Sigrin.
Theon no sabía que Ambrode tuviera una hija, ni Sigrin una esposa… pero sólo había visto al joven carpintero una vez, y del viejo apenas se acordaba.
—Es un desperdicio que te entregaran a Sigrin.
—Vaya, vaya. Lo mismo dice Sigrin, que es un desperdicio que te entregaran a ti su querida nave.
—¿Sabes quién soy? —Theon se enojó.
—El príncipe Theon de la Casa Greyjoy. ¿Quién si no? Dime la verdad, mi señor, ¿te gusta tu nueva novia? Sigrin querrá saberlo.
El barcoluengo era tan nuevo que todavía olía a resina y a brea. Su tío Aeron lo bendeciría al día siguiente, pero Theon había bajado a caballo desde Pyke para echarle un vistazo antes de que lo botaran. No era tan grande como el Gran kraken de Lord Balon ni el Victoria de hierro de su tío Victarion, pero era muy bello y parecía rápido, incluso allí, varado. Tenía un casco esbelto y negro de cien metros, sólo un mástil, cincuenta remos largos, una cubierta en la que cabían cien hombres… y en la proa, un espolón de hierro en forma de punta de flecha.
—Sigrin me ha prestado un servicio excelente —reconoció—. ¿Es una nave tan rápida como parece?
—Más… si el capitán sabe cómo gobernarla.
—Hace muchos años que no navego. —«Y jamás he sido capitán de una nave, la verdad sea dicha»—. Pero sigo siendo un Greyjoy, hijo del hierro. Llevo el mar en la sangre.
—Y tu sangre irá a parar al mar si navegas igual que te expresas —replicó ella.
—Jamás trataría mal a una doncella tan hermosa.
—¿Una doncella tan hermosa? —Se echó a reír—. No, esta nave es una zorra marina.
—Mira qué bien, ya le has puesto nombre. Zorra marina. — Aquello pareció divertirla; vio cómo le chispeaban los ojos.
—Y eso que decías que le ibas a poner mi nombre —dijo con tono ofendido.
—Es lo que he hecho. —Le tomó la mano—. Ayúdame, mi señora. En las tierras verdes creen que una mujer preñada da suerte al hombre que se acuesta con ella.
—¿Y qué saben de naves en las tierras verdes? ¿O de mujeres, ya que estamos? Además, me parece que te lo acabas de inventar.
—Si confieso, ¿me seguirás amando?
—¿Seguiré? ¿Cuándo te he amado yo?
—Jamás —reconoció—, pero es un error que intento reparar, mi dulce Esgred. El viento es frío. Sube a bordo de mi barco y deja que te dé calor. Mañana mi tío Aeron verterá agua marina por la proa y musitará una plegaria al Dios Ahogado, pero yo prefiero bendecirla con la leche de mi entrepierna. Y de la tuya.
—Puede que el Dios Ahogado no se lo tome muy bien.
—A la mierda con el Dios Ahogado. Si se mete con nosotros lo ahogaré de nuevo. Partiremos a la guerra antes de quince días. ¿Me enviarías a la batalla sin poder dormir de deseo?
—De buena gana.
—Ah, mujer cruel. Mi nave tiene el nombre que realmente merece. Si la estrello contra las rocas por estar distraído, únicamente tú tendrás la culpa.
—¿Piensas gobernarla con este timón? —Esgred le frotó una vez más la delantera de los calzones y sonrió al tiempo que con el dedo trazaba el perfil férreo de su miembro.
—Ven a Pyke conmigo —dijo de repente. «¿Qué dirá Lord Balon? ¿Y a mí qué me importa? Ya soy un hombre, si quiero llevarme a una mujer a la cama no es asunto de nadie.»
—¿Y qué haría yo en Pyke? —preguntó sin apartar la mano.
—Mi padre dará un banquete esta noche para sus capitanes. —En realidad lo daba todas las noches mientras esperaba la llegada de los más rezagados, pero no había por qué decírselo a la joven.
—¿Mi señor príncipe me nombrará su capitana por una noche? Tenía la sonrisa más pícara que jamás había visto en una mujer. —Es posible. Siempre que supiera que me llevarás a buen puerto.
—Bueno, sé qué parte del remo va al mar, y no hay nadie que maneje como yo los cabos y los nudos. —Le estaba desatando los calzones con una mano, pero retrocedió con paso ligero—. Lástima que sea una mujer casada y preñada.
—Tengo que volver al castillo —dijo Theon nervioso mientras se ataba las ropas de nuevo—. Si no vienes conmigo puede que el dolor haga que me extravíe, y será una gran pérdida para las islas.
—Eso no se puede consentir… pero el caso es que no tengo caballo.
—Puedes ir en el de mi escudero.
—¿Y dejar que vuestro pobre escudero vuelva andando a Pyke?
—Entonces comparte el mío.
—Eso te gustaría. —Otra vez la sonrisa—. A ver… ¿dónde me pondría yo, delante o detrás?
—Puedes ponerte donde quieras.
—Me gusta ponerme arriba.
«¿Dónde ha estado esta mujer toda mi vida?»
—Los salones de mi padre son sombríos y húmedos. Necesitan de una Esgred que avive los fuegos.
—El joven señor tiene la lengua de miel.
—¿No fue así como empezó todo?
—Y así es como termina. —La joven alzó los brazos—. Esgred es tuya, dulce príncipe. Llévame a tu castillo. Quiero ver cómo surgen del mar tus orgullosas torres.