El que más y el que menos sabe que los dos años y tres meses que he estado haciendo Anatomía Patológica no han sido unos años brillantes para mi. Lo que comenzó siendo una oportunidad para tratar de entrar a la carrera de medicina se convirtió poco a poco en un suplicio que afectó a mi salud tanto mental como física.

Aunque con el tiempo admito que parte de la culpa fue mía, puesto que di la excusa perfecta a cierta persona indeseable para joderme, la verdad es que al echar la vista atrás me doy cuenta de lo mucho que he cambiado en los últimos años. Estos años que pasé en anatomía me sirvieron para conocer algunas personas interesantes pero sobre todo, me sirvieron para madurar.

Cuando pasas por una depresión enfocas las cosas de una forma diferente y no vuelves a ser el mismo en el interior. Un caso que probablemente os parezca una tontería es, sin duda, mi gusto musical. Desde que pasé por estos acontecimientos mi gusto musical se ha distanciado mucho del thrash, llegando al punto de que realmente no escucho tanto thrash como antes (algo que puede demostrar mi last.fm). Desde hace ya un tiempo mi gusto musical ha tirado hacia estilos mucho más lentos y sentimentales, como el postloquesea, el shoegaze y demás.

Pero lo curioso no es el cambio que he tenido a nivel musical, sino el cambio que he tenido también en mi personalidad y que, aunque no sería capaz de mencionar un caso concreto, si que lo aprecio bastante en mi día a día y en la forma de afrontar las cosas.

Aun así, en esta entrada no busco hablar del cambio que sufrí en esos dos años, que es muy grande.

Hoy, mientras estaba corriendo, un pasatiempo que cada vez estoy intentando hacer con más frecuencia en base a mi propósito (que, por cierto, estoy cumpliendo), me he dado cuenta de que hace un año todavía tenía miedo a comenzar el curso. Recuerdo que, si bien el verano había ayudado a que mi estado mental fuese mucho mejor, seguía teniendo bastante miedo de que comenzase el curso, iba a ser un primer trimestre muy duro y el hecho de tener que ver ciertas caras no ayudaba a que lo pudiese afrontar con energía en comienzo del curso escolar.

Y aunque es cierto que durante las prácticas en el Hospital Virgen de las Nieves estuve rodeado de una gente maravillosa, lo cierto es que después de terminar en diciembre las prácticas la visión que tenía de las cosas fue cambiando poco a poco hasta llegar al día de hoy.

El último año ha sido tremendo y ha supuesto un giro de 180 grados en la forma que tenía de ver las cosas. Si bien hace un año mi visión del mundo era mucho más pesimista, hoy me encuentro en un estado de felicidad sin precedentes, puesto que veo el futuro muy claro. En este último año he estado trabajando en proyectos que siempre quise trabajar (como en El Androide Libre), he conocido a gente increible, he aprendido cosas que realmente creo que me servirán en un futuro para dedicarme a lo que quiero y, sobre todo, he redireccionado mi vida hacia un sitio mucho más asequible y emocionante.

No puedo esperar a ver qué me depara este nuevo año escolar que acaba de empezar 🙂