Desde el principio de los tiempos, los humanos hemos intentado buscar una explicación a todo. Esa sed de conocimiento es, probablemente, uno de los hechos que más nos diferencian de los demás animales, pues, si bien el perro ve como el sol sale todos los días, y aunque no sabemos si realmente piensa el por qué de este fenómeno, este animal ni ningún otro se ha decidido como nuestra especie a buscar una respuesta incansablemente.

Es sin duda este hecho el que, ante la imposibilidad de encontrar una respuesta, da lugar a la creación de los dioses primitivos. Si el hombre de las cavernas veía como la tierra temblaba o como un volcán escupía lava, su capacidad de conocer estaba limitada y la única explicación que le quedaba era atribuir estos fenómenos a una fuerza mayor: un dios. Surge en este momento la religión, algo con lo que, sin duda, todos estamos bastante familiarizados. Pero poco a poco, la ciencia aparece, respondiendo a determinadas preguntas y quitando por tanto “poderes” a unos dioses que, realmente, nunca han existido. El volcán no escupe lava porque Vulcano así lo vea oportuno, al igual que los truenos no caen porque Zeus tenga un mal día.

Esto me ha llevado siempre a pensar si realmente somos conscientes de los citados hechos. Si bien es cierto que, poco a poco, vamos descifrando el funcionamiento de todo lo que nos rodea, cada vez estas respuestas están más ocultas, requieren mucho más trabajo, lo que hace parecer que no hay una explicación lógica. Pero igual que el hombre antiguo no podía determinar las causas de una lluvia de meteoritos, debido a que no disponía de los medios para ello, tal vez nosotros no dispongamos de los medios para determinar a ciencia cierta (Puesto que cada uno tendrá su idea propia y personal de lo que sea que suceda, siendo más o menos aproximada a la posible realidad) qué hay después de la muerte. O como surgió el universo. Cualquier pregunta tiene una respuesta, todo depende sola y exclusivamente de la capacidad para conocer la respuesta que nosotros tengamos.

Al igual que no creo en la existencia de ningún Dios, tampoco la puedo niego. Siendo consecuente con la filosofada presentada anteriormente, no tenemos en el mundo actual una respuesta empírica a la pregunta de la existencia de Dios. Si bien ha quedado demostrado que este no es el causante de determinados fenómenos y, quiero imaginar, que toda pregunta tiene una respuesta más allá de “Es porque así lo ha querido Dios”, su existencia o no es independiente de esto. Dios no tiene por qué existir como el ser antropomorfo que se nos ha vendido desde siempre en la religión, cuya idea era dar un aspecto más humano y cercano, para nada.

En esta reflexión, que he trabajado a lo largo de los años, baso mis creencias “religiosas”, aunque no sabría decir si estas me convierten en Ateo, agnóstico, ateo-agnóstico u otro término teológico/filosófico.

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